Las revueltas árabes y el petróleo

domingo, 6 de marzo de 2011.

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Robert Samuelson

NUNCA HA DE SUBESTIMARSE LA capacidad de EEUU para negar la realidad. Tras décadas de advertencias, la revuelta egipcia nos recuerda cosas que nos hemos empeñado sistemáticamente en ignorar: que aún no se atisba el momento en que Estados Unidos y el resto del mundo vayan a dejar de depender del petróleo; que los mercados mundiales de crudo están sujetos a crisis políticas que no se pueden predecir; y que no se han adoptado las medidas necesarias para limitar (o incluso eliminar) nuestra vulnerabilidad frente a los grandes cortes en el suministro de petróleo.

Aún no está claro cuáles serán los efectos de la crisis egipcia en los mercados de crudo. Espoleados por un invierno frío y la fuerte demanda de los países emergentes, los precios del petróleo ya estaban en alza antes de que los egipcios se echaran a las calles. Después de que durante la mayor parte de 2010 el galón de petróleo (unos 3,8 litros) se hubiera mantenido en un precio medio de 2,8 dólares, el pasado mes de diciembre el precio del galón de gasolina superó en Estados Unidos la barrera de los tres dólares. Los precios se incrementaron aún más con la revuelta egipcia, aunque estas subidas no duraron mucho. Al fin y al cabo, Egipto sólo produce 700.000 barriles de petróleo al día. No es mucho si se tiene en cuenta que la demanda mundial de crudo asciende a 90 millones de barriles por día.

Pero el transporte de crudo supone un riesgo mucho mayor. Por el canal de Suez y el oleoducto Sumed (que conecta el Mediterráneo con el mar Rojo) pasan diariamente tres millones de barriles de petróleo hacia Europa. Si estas vías fueran bloqueadas, los precios del petróleo subirían con toda seguridad, aunque se podría solucionar la situación; bien cambiando los itinerarios de los petroleros, bien aumentando el tráfico en otros oleoductos.

El auténtico problema estallaría si se produjera una cascada de revueltas que detuviera la producción de los principales países petroleros: Arabia Saudí (cuya producción actual asciende a 8,5 millones de barriles al día), Kuwait (2,3), Irán (3,7), Iraq (2,4) o Argelia (1,3). Esta amenaza persistirá con independencia de cuál sea el desenlace de las actuales revueltas en el mundo árabe.

¿Y qué podemos hacer? Por lo pronto, dos cosas: disminuir nuestro consumo de petróleo, a poder ser mediante un incremento de los impuestos sobre la gasolina, e incrementar nuestra producción de crudo, a poder ser mediante una relajación de la actual legislación. El Gobierno de Obama no está haciendo ninguna de las dos cosas. En vez de ello está favoreciendo el objetivo de que en 2015 haya en las carreteras 1,5 millones de coches híbridos eléctricos. Esto se parece más a una campaña de relaciones públicas que a una acción política seria, ya que las cifras no son realistas. Y aunque se alcanzara el millón de vehículos eléctricos, la disminución del consumo de crudo sería ridícula, tal vez de unos 40.000 barriles al día, o lo que es lo mismo, en torno a un quinto del 1% del consumo de petróleo diario de Estados Unidos, que es de 19 millones de barriles.

Por el contrario, el Gobierno estima que en 2012 se dejarán de producir 200.000 barriles al día por las restricciones que existen para la realización de prospecciones petrolíferas en el golfo de México. El Gobierno ha sido demasiado estricto tras el desastre ecológico de la plataforma Deepwater Horizon, y tampoco ha habido demasiado interés en realizar perforaciones en alta mar, a pesar de que las previsiones han mejorado.

Un incremento en los impuestos a la gasolina (que habrían de introducirse poco a poco, para no perjudicar la recuperación económica) haría más difícil que se produjeran bruscas oscilaciones en el precio del crudo, y llevaría a los ciudadanos a adquirir los vehículos energéticamente más eficientes que las compañías están fabricando por orden del Gobierno.

Nuestra dependencia del petróleo es cada vez más fuerte, y lo que debemos hacer es moderar esta adicción, ya que no podemos frenarla. Un reciente estudio de ExxonMobil sostiene que el número de vehículos ligeros de transporte se incrementará un 50% en 2030 (hasta los 1.200 millones de unidades), y que la mayoría seguirá usando gasolina. Parece claro que la lucha por el control de las reservas mundiales de petróleo se hará más encarnizada. No podemos escapar a esa realidad, aunque pretendamos ignorarla.

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